Luz que se oye


 

Hay un lugar donde la lengua se hace silencio, es el lugar de la poesía, allí la música se disuelve en luz. Acudimos a los discos y, cuando felizmente se tercia, a los conciertos en vivo; a escuchar el deslumbrante bajo eléctrico de Carles Benavent, buscando, precisamente, poder captar esa luz.

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Hay un lugar donde la lengua se hace silencio, es el lugar de la poesía, allí la música se disuelve en luz. Acudimos a los discos y, cuando felizmente se tercia, a los conciertos en vivo; a escuchar el deslumbrante bajo eléctrico de Carles Benavent, buscando, precisamente, poder captar esa luz. Luz que nace del cruce entre la vital algarabía del Paralelo y la quietud majestuosa del Monjuic, del agua invisible que corre sobre las calles del Poble Sec. Luz cuajada de olas emigrantes y silencio en los vasos tabernarios del Petit Paris, que vio reírse y cantar a Serrat y a Jaume Sisa, que alumbró el talento sin fronteras de este príncipe del bajo eléctrico. Un bajo milagroso, nunca en derrota, que renace a cada paso. 

Fraguado su acero en los estertores rockeros del 68; batido entre continentes, en la estela legendaria de Jaco Pastorius, junto a las banderas multicolores  de Paco de Lucía, Miles Davis, Camarón,  Don Alias, Gil Goldstein,  Chick Corea y muchos otros; este bajo eléctrico sin precedentes y con visos de guitarra, difumina los contornos del jazz y la furiosa sangre flamenca; cartografía, improvisando, bríos brasileños, ecos de África y piedra latina, y los conjuga para engendrar el aire eternamente renovado de una fiesta llamada Benavent, donde todos los sentidos entran en liza armónica de alegría y queja, dolor y danza, a la vera de la sonora luz del dos de copas, la carta que en el tarot dice el amor, sobre esa superficie milenaria en que tierra y cielo vuelven a abrazarse. Porque esta música desvela los orígenes antes de la frontera, el nombre y la raza; conjuga otra vez los sones arcaicos, múltiples y vivos, de la  infancia del mundo, cuando el alma era apasionada risa, y vibraba; esta música, que es río de fuego, se hace para el esclavo que sueña y el amo en caída, y vislumbra un horizonte, tal vez imposible, donde la vida de nuevo sea un arte.

 Lorenna Del Mar, Luz que se oye