Los Pájaros de Oro

 
 

Mientras observaba insomne el fluir de una constelación entre dos páginas de un libro apolillado, al hombre le asaltó una idea.
Y durante días esa idea tuvo la consistencia extraña de un sueño sigiloso que no dejaba de arrastrarlo a otro lugar: allá donde dormían los pájaros de oro.


 

 

No se trataba de abandonar el fruto paciente de aquello por lo que tanta gente lo admiraba, sino de dar un salto de la fortalecedora costumbre a lo únicamente soñado,  y cuyo hálito palpaba en la oscuridad que habita el espacio entre una estrella y otra.

La mujer atribuía sus veleidades al calor del verano. "Ya se te pasará" - concluía mientras dejaba resbalar sus dedos sobre la cabeza del hombre. Nunca le dijo que a menudo ella misma se dormía dejando flotar sobre sus párpados la silueta del objeto tan minuciosamente  descrito por su  marido.

Y él no desistía. "Tiene que ser" - repetía día y noche. Quienes sabían de su pericia, durante tantos años demostrada, se lo quitarían de las manos y  los niños lo mirarían  como a un pastel prisionero en su escaparate.

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Pero debía encontrar antes los materiales adecuados: la madera de los árboles que se alzan junto al río Negro, en la aldea donde por primera vez se enamoró; la tintura coloreada que desde niña  fabricaba su madre, en Delia, colores nunca vistos fuera de aquel pueblecito, para embellecer los rostros de las mujeres; el ámbar en que bañó el anillo de novia de su esposa y que logró adquirir a un viejo loco a orillas del Báltico; la tinta azul con que su padre le escribía desde la tierra natal, y que sólo podía adquirirse ya en el monasterio de Louzon; el hilo de nylon de la blusa con que, al nacer, arroparon a su hija, hilo vulgar pero ya inencontrable: desde que un mal aire se llevara a la niña, ni él ni la mujer habían vuelto a ver al mercader que lo vendía de casa en casa; el aceite de Salonia - verde como el rio en la tormenta - con que el hombre cocinaba de soldado, poco antes de que la guerra arrasara aquel pequeño villorrio; el oro ahumado, por fin, de las piedras en el fondo del lago Loreday, al otro lado del valle, donde el hombre  juraba haber visto de niño una sirena.

 

Así que tenía trabajo para rato. Cuando puso en marcha su tarea la mujer amenazó con abandonarlo, de mentiras, claro, pues no creía ella soportar un día entero sin él y seguir con vida. Pero se quejaba con desconsuelo junto a su maceta de tulipanes. Tampoco los amigos, el vinatero y el médico, lo encontraban muy sano y pensaban inquietos  si no estaría el hombre  perdiendo la razón.
 
Es un empeño desquiciado -le increpaba el vinatero mientras recogía con un trapo el vino vertido sobre la mesa y lo escurría en la tinaja- ¿Qué hay de malo en  seguir la costumbre?

-Nada -replicaba molesto el hombre-; todo tiene su sitio.

Te romperás la cabeza por esos lugares y tu mujer se cansará de esperarte y se irá con otro -apuntaba el médico.
 
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Nadie logró detenerlo, y  una tarde con el cielo cobrizo calzó sus botas de cuero, giró el picaporte y  se alejó de su hogar. Antes de desaparecer por el recodo del camino volvió la vista hacia la casa y vio a su mujer en la ventana. Quiso entonces volver, pero no lo hizo.

Al fin de una semana de fatigoso viaje descendió al río Negro y miró de nuevo ensimismado los altos árboles que muchos años atrás lo habían visto abrazarse a la hija del guardabosque. Lágrimas secretas humedecieron la madera tan limpia, pues el tacto le trajo el sabor del pan que tostaba su mujer, y un cuchillo de filo impenitente arrancó de esa madera un trozo de corazón. En Delia, una anciana amiga de su madre lo condujo por un interminable pasadizo descendente que comunicaba su arruinado jardín con la cueva donde se guardaba la tintura maravillosa: "No comprendo cómo me has encontrado" - balbuceó la anciana - "porque hasta yo diría que no existo. Pero mira: cien mujeres enamoraron con estos colores; muchos codiciosos  los han pretendido y ahora son tuyos, porque sé que eres bueno" - añadió con mueca burlona, y él reconoció enseguida la tintura inventada por su madre. Cojeando y con fiebre, herido por unos ladrones que le robaron el reloj y el sombrero, llegó luego el hombre a divisar el Báltico y tras doce días de intensa búsqueda, a punto ya de abandonar la empresa, cuando todo le mostraba imposible el hallazgo del ámbar que una vez impregnó el anillo de la novia, observó por azar ese brillo dorado en la diadema que llevaba sobre su cabello una muchacha ciega con la que se cruzó en el mercado de las flores. Muy debilitado y casi sin dinero, el hombre le escribió a su esposa con tinta azul, a la luz de una hoguera, junto al  monasterio de Louzon, aconsejándole vender sus libros de astronomía, para que ella pudiera subsistir durante su ausencia. Dos días después, en Salonia, un capitán mercante que le pagaba en plata por pasear a su perro le indicó la dirección de la viuda que guardaba aquel aceite verde, con olor a hierba y a metralla, sobre el que tantas balas habían silbado. Lobos oyeron a la viuda gritar de muy lejos: "¡Tengo también una caja llena de llantos de la próxima guerra!". Finalmente, embadurnado de bosques y de muertos, de serpientes, aguaceros y pan duro, de lunas sinuosas, puentes  y jinetes, llegó el hombre al lago Loreday, tan cerca ya de su esposa, y del fondo del lago emergió feliz con dos piedras de oro, cuya luz tembló al paso otra vez de la sirena.

 

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No encontró, sin embargo, hilo de nylon como aquel que la niña  vestía poco después  de nacer. Lo tenía todo pero no ese hilo, vulgar e inencontrable.
 
Levemente herido en su amor propio, el hombre regresó al hogar. La mujer lo recibió emocionada, con los brazos abiertos pero con un deje de reproche por el tiempo transcurrido desde su marcha. - No traigo el hilo aquel - dijo el hombre depositando el saco de cuero sobre la mesa de la cocina - pero aquí están la madera, los colores, el ámbar, la tinta, el aceite y el oro necesarios. Aquí están, mujer, bien visibles; ya puedo empezar mi trabajo, pero si quisieras antes darme un vaso de agua...
 
Y la mujer deslizó sus ojos sobre el saco como si al pie de una ladera se encontrara.

 

 Al día siguiente, sin siquiera esperar a su taza de café, se encerró el hombre en el sótano y comenzó a inventar. Sólo una vez lo interrumpió la mujer para traerle la blusa que fue de su niña. "Si la deshacemos tendremos el hilo" - susurró ella, pero el hombre no la oyó: la emoción y la fatiga lo habían dormido sobre la imagen de la constelación, y ella salió de puntillas para no despertarlo. Y de puntillas llegó la mujer a la cocina diciéndose: "Prepararé unas fresas para cuando despierte".

 

 

 

 "Los Pájaros de Oro" Autora: Sra.Lorenna Del Mar