Donde habita el sonido que fluye secreto en el ritmo de las cosas

 
 
 

Uno debe aprender a leer los lugares queridos - siempre habitados, sobre todo aquellos en los que ya no hay nadie - ; y aprender a leer los entornos con que se conjugan. Pues son como libros abiertos a nuestra percepción más íntima. Y a nuestro consuelo. Nada los nombra: se los sugiere, como una luz al fondo del bosque sin horas, que ya vislumbra el sueño. Los lugares queridos se despiden eternamente de nosotros, en cada fragmento que los evoca; por eso los deletreamos, para que no nos dejen.


 

 

Mira estos parajes hechizados del Alt Empordá, tierra de paso, norte de la Costa llamada Brava. He ahí que encontramos, en todo su misterio escondido, este viejo Molino que llaman El Castillo.

Al norte rima El Castillo con la pequeña villa medieval de Calabuig, a la que pertenece; al este, con Báscara - murallas de verdín y piedra, por donde la leyenda sangra. Poco más allá, se yergue el indiano Molí Nou, resuenan las aguas del Fluviá y verdea el olor envolvente de los olivos.

El Castillo aspira también, en su constelación, el rumor del Llobregat y el Orlina, vino y oro, sobre Peralada; Roses al amanecer - escucha el rumor de esos canales, surcados por sirenas cuyo canto borra las fronteras del presente -, y Banyoles: alma hecha lago donde habita el monstruo de todos los cuentos. Escucha también los ecos espectrales de las ruinas.

Panorama encantado que hay que conocer a pie; cuyo aire fantasmagórico impregna al viajero de los tonos violentos, casi prehistóricos, de un paisaje lunar, desértico o submarino, maternal e insensato; donde árboles y piedra estuvieran dotados de vida propia; donde el aire se hace carne y susurra la llamada atávica de lo desaparecido presente. Ahí Figueres, Cadaqués, Púbol, santuarios del pintor que pintaba a llamaradas la geometría trascendente que devuelve su voz animal e  impensada a esa región.

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Olvida ahora de dónde vienes, pues  allá de donde vienes se va acercando a ti, con su voz enterrada que luego se hará música.

Mientras te aproximas, por el estrecho camino flanqueado de árboles, El Castillo, inaudito, como dibujado por un niño que fuera feliz, te mira e interroga desde su altura, con sus grandes ojos vigilantes como lámparas; alza una mano frágil desde la lejanía, como un familiar desaparecido que te espera. Pues este lugar tiene algo tuyo, seas quien seas y cual sea el motivo que hasta allí te conduce. De hecho, no vienes: vuelves. Es una imagen de tu voz, antes de que las palabras le disputaran a la música tu ser más íntimo.

Mira que ya estamos en el umbral de acceso y ya El Castillo estrecha su círculo a tu alrededor, te rodea con su aura de misterio, que imanta al viajero curioso y lo deja en suspenso, como ocurre en otros santuarios del mundo, dotados de la poderosa presencia protectora que enlaza Historia y mito.

 

Aspiras ya  la sombra de los árboles, te pesa la piedra coloreada, te llama, latiendo, esa luz… Todo te transporta, en su tono y su cadencia, al vórtice del sueño; todo oscurece el sendero que seguías y te invita, sonriente, al desván donde hierven humeantes los sonidos aún por nacer.

El tiempo ha ido ampliando y elevando el cuerpo del Castillo desde la planta rectangular, presente ahí ya en su origen, y sus cuatro niveles hablan y tejen entre sí un perdurable presente.

El Castillo no quiere tocar el cielo; se contenta con escucharlo y recoger en plenitud su eco disperso, cayendo desde el amanecer, como rocío, sobre las copas de los árboles.

Y el umbral se entreabre y te acoge como el alba, recién llegado.

Todo El Castillo es un gozne generoso entre la casa y el verdor inmóvil. Tránsito perpetuo entre el arco abierto al afuera y el rincón sobre sí mismo plegado.

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Mastica tú su empedrado terroso, casi comestible; descubre, asombrado, el muro del canal lleno de agua, huella viva de la entraña del Castillo en el tiempo en que aún conservaba intacto su ser propio de molino harinero, cuya alma retumbaba en el aire. Posa tu mano abierta sobre esa piedra sonora, desde cuyo interior un espíritu aún despierto te  habla de otras gentes. Oye el lamento de princesas insomnes que al balcón esperan, guerreros fatigados bajo el sol, un ermitaño vuelto a las estrellas, campesinos, el molinero en su tarea y un caballo; tiempo de polvo y hierro - siglo XI - donde las máquinas, sin violencia, le pedían con respeto  su ayuda a la tierra.

Ven y encuentra la majestuosa galería de arcos de medio punto. Mira esos  cantos rodados de piedra y cobre;  admira los sillares que enmarcan las aberturas por donde el paisaje se asoma. Roza con los dedos el blanco ya envejecido de las paredes, desde donde, de pronto, te saludará un ángel, al pie de una escalera. Piérdete por las amplias estancias jubilosas, como si fueran estados del alma; entrégate sin dolor a la memoria entre esos juegos de luz y sombra; vuelve a soñar las tenaces vigas de madera surcando los techos como fortísimas venas. Sube por la escalera que serpentea, presumida, en caracola; calcula la disposición de los pasillos, habitaciones y galerías; bebe del patio interior recluido en su urna de cristal.

Todo te invoca desde siglos atrás en El Castillo, en un solo acorde, al servicio todo, tan necesario, de la música, de la que El Castillo es morada.

 

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Semicírculos, diagonales, perfecta morfología alada para el trabajo y el reposo. Aquí el duende de los desvanes de la música no extraña su espacio vital, su cosmos íntimo, su horizonte. Su hogar.

Unidad - El Castillo - del cielo que con piedad desciende como nieve y la tierra ascendente como fuego; de los días furiosos de invierno, habitación adentro, y la brisa de verano  nocturno con su luna de lumbre rubia que baila sola. Puerta abierta al ruido de las cosas, que de lejos vibra, y al silencio en que duermen  interiores espacios infinitos.

 De día, una alfombra de pájaros libres, venidos hasta aquí nadie sabe desde dónde, deja al viajero escuchar su canto en zigzag coloreado y observar las evoluciones de su vuelo. Y más arriba, la libertad horizontal del  águila. En la noche profunda, mientras todos duermen, las diminutas hadas con sus lámparas recorren jugando el jardín a saltos caprichosos, y hacen señas al viajero sin sueño, tiznando de luces silenciosas todo lo que el viajero, abismándose, puede abarcar de melancolía con sus ojos cerrados.

Pero en las horas de recogida - silencio monástico, encendido y lejano - sólo luz interior del rincón, disolviendo el mundo para rehacerlo frente a la obra.

 

Ruidos, hierba, piedra, olivos, aire leve, pájaros llenos de vida, hadas diminutas, silencio, se concentran, entonces, y cuajan en raíz y corazón de la labor que espera. Necesaria raíz que se despliega, dilata y expande, a la hora  encantada en la que Jerzy Drozd, empapado de esa sombra, se pone a la tarea, imagina, sintetiza, abstrae e interioriza ese espacio sin fronteras en su tiempo íntimo que el luthier no ha pensado sino que ha visto y ha oído, que ha transpirado; espacio abrumador y tiempo indiviso, que él recompone meticulosa, esforzadamente, en la materia de la que, cargado de sabia del Empordá, va emergiendo ese bajo que admiramos. He ahí su imagen. Con ella el músico tensará después los naufragios de su infancia, para petrificarlos en el aire inabarcable por donde la música pasea su sonrisa.

Y por eso el maestro Jerzy Drozd, que lee el paisaje del que se nutre y lo concentra entre las tonalidades de luz y espacio del Castillo, hace instrumentos como quien escribe poemas; poemas de madera y cuerda, que aman esa topología - la propia humana - que niega la unidad sustancial y solitaria; que todo lo abraza, pues a la música está prometida, como a la novia lenta y temblorosa  de la vida.

Escucha, músico, pues, desde el fondo de los rincones del Castillo, aquel instante fugaz y cálido y la risa perdida que luego han de sonar. 

También es El Castillo guarida y fortaleza donde los instrumentos sanan sus heridas: ese rincón cuyo nombre - The Bird Restore Center - el viajero ya conoce, y cuyo lema deletrea las horas incansables empleadas en volver a su vida unas cuerdas tal vez ya cansadas. El instrumento entonces ofrece sus heridas a las manos que lo sanan y lo libran del olvido; amor brujo que sabe escuchar su pálida queja, y al mar de los sonidos, con amoroso cuidado, lo devuelve.

 

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En El Castillo, con alma de viejo molino de agua, el agua se ha hecho música, para los atardeceres cálidos en que la infancia relumbra y el ser herido de tiempo recobra por fin su  propia voz.


Bajo el azul del cielo, en El Castillo, Jerzy Drozd sueña y construye sus instrumentos condensados de cielo y olorosa tierra. Y a una mujer, Lorenna Del Mar, le está destinado otorgar a ese sueño el umbral por el que abrirse al mundo, bajo el azul del cielo.

 

 

 

 "Donde habita el sonido que fluye secreto en el ritmo de las cosas" Autora: Lorenna Del Mar Bragado
Fotografías : Cristóbal Arjona